CONSECUENCIAS DE LA PRISIONIZACIÓN
Punto de Fuga - Especial salud.
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Política sanitaria penitenciaria.
Aunque la privación de libertad parece la consecuencia más obvia del encarcelamiento, éste amplia desmesuradamente su radio de acción sobre otras muchas dimensiones de la
propia persona presa y sobre muchas más personas que ésta misma.
Si el uso de la justicia penal es la producción de sufrimiento éste debe ser conocido en
todas sus consecuencias, sin esconderlas ni minimizarlas.
Encarcelamiento: mudanza forzosa y cambio de hábitat.
Toda especie animal, sobre todo las más desarrolladas como es la especie humana, sufre
graves consecuencias en su aspecto psicológico y emocional cuando es forzado a un
cambio de ecosistema.
En el caso de la cárcel el cambio no es gradual sino radical, lo cual produce un desequilibrio
al romper con los hábitos y pautas de comportamiento del individuo, adaptarnos al
nuevo entorno supone en nosotros un shock importante.
Uno de los impactos físicos más importantes el es cambio de una zona climatológica a otra,
imaginemos cuan fuerte sera este impacto en las personas de países africanos en prisiones
del norte de la Península. Dentro de la propia prisión digamos que existe un microclima llegando
algunas prisiones a sufrir temperaturas extremas de calor en verano y frío en invierno.
(la calefacción en ocasiones es un mero adorno y hablar de aire acondicionado en la
cárcel sería de broma).
El ser ingresado en una institución penitenciaria supone una reducción drástica del espacio
con el agravante de la masificación y el hacinamiento que conllevan a la falta total de
intimidad y al riesgo de contagio con todo tipo de enfermedades. Las macrocárceles tienden
a ser construidas en verdaderas estepas, alejadas de los núcleos de población, carentes
prácticamente de transportes, sin olvidar la omnipresente visión de la torre de vigilancia y
el constante devenir de los cuerpos de seguridad en el perímetro de la misma.
La estructura arquitectónica de las “macro” es árida, deshumanizadora y falsamente
aséptica. Se supone que puede funcionar evitando de modo absoluto todo forma de contacto
físico entre la persona del preso y la del funcionario; además de existir una diferencia
abismal entre el espacio disponible y el espacio existente. Las cárceles, efectivamente son
grandes pero nunca para el preso. Así como los espacios lúdicos y de actividades, a los
que solo pueden acceder determinados presos, claro... después de afrontar un sin fin de
contratiempos.
INADAPTACIÓN SOCIAL + PRISIONIZACIÓN.
Si en libertad podemos sufrir en nuestro entorno una inadaptación social por motivos
muy diversos, mucho mayor será esta inadaptación dentro de un sistema cerrado y
minúsculo como es la cárcel. Estas consecuencias se pueden resumir en la frase “el
preso no solo vive en la prisión sino que vive la prisión. Veamos algunas:
-Desproporción reactiva: cuestiones que en otro contexto pueden carecer de importancia
dentro son vividas con una desproporcionada resonancia emocional y cognitiva.
-Dualidad adaptativa: o se produce una autoafirmación agresiva o la sumisión frente a
la institución como vía adaptativa. Entre estos dos extremos oscilan las formas de
adaptación del preso a la cárcel.
-Presentismo galopante. Si no puede controlar su presente mucho menos su futuro. Esto
lleva a vivir sólo el presente desde el fatalismo,la ausencia de introspección, planificación
y análisis de consecuencias.
-Síndrome amotivacional: no se deja interesar por nada, está cerrado a la novedad, cada vez
más encapsulado en un mundo interior que trata de defenderse de las emociones con una
aparente dureza. Delega su responsabilidad y creatividad en el entorno institucional del que
“depende”.
-Baja estima de sí mismo. Impotencia, sentimiento de inferioridad que le hace situarse
con “envidia” agresiva hacia los “pringaos” normalizados.
Privación de responsabilidad de la persona presa.
Más que privar de libertad, lo peor que tiene la cárcel es que priva de responsabilidad. Si ser
responsable es tener que responder y ello supone hacerse cargo de la propia vida, de las
decisiones, de las acciones y de sus consecuencias, el privar todo ello no deja de cercenar
una de las dimensiones -dimensión básica-sobre la que se asienta el nivel ético
de la persona.
Hasta las rutinas más cotidianas se dotan de una liturgia desresponsabilizadora. Se elude
la autonomía, la capacidad de tomar decisiones y de autogestión hasta en lo más nimio:
leer un libro, poner un póster, enviar una carta, se convierten en actividades que requieren
tanta parafernalia burocrática que refuerza en la persona presa la idea de que todo depende
de factores ajenos, que incrementan su falta de control sobre sí mismo y sobre el entorno.
Súmese a ello las escasas posibilidades de modificar su propio entorno- ni siquiera poner
una foto en su chabolo- y se entiende que un ser humano- caracterizado como especie por
adaptar el entorno a él y no viceversa- obligado a renunciar a su capacidad modificadora
y creativa acabe por diluir el soporte ético sobre el que se asienta su vida.
Por todo ello la cárcel como sustitutiva de la voluntad del preso, impide su responsabilización
y, por lo tanto, se convierte en un factor fuertemente criminógeno, así pues ¿cómo
se pretende que una persona sea consciente de sus actos y se haga cargo de su vida y normalizarla?
Deprivaciones sensoriales.
Las consecuencias de la prisionización no son sólo psíquicas. Con el tiempo aparecen serios
problemas sensoriales.
La visión sufre trastornos, por la limitada perspectiva con que cuenta, además de padecer
con los extremados contrastes de luz entre los escasos espacios abiertos y la celda. Al poco
de ingresar se da lo que se conoce como “ceguera de la prisión” provocada por la permanente
ruptura del espacio.
La audición se ve afectada pues el nivel de ruidos es muy alto.
Los sabores y olores son muy reducidos. Domina un olor constante a mezcla de todo,
algunos de estos muy fuertes como el olor a desinfectante que se usa en baños y zonas
comunes de forma desproporcionada. El gusto se ve afectado pues las comidas suelen ser
insípidas, de mala calidad y alto contenido de bromuro (que sacia e inhibe el instinto sexual).
Se pierde el concepto o imagen de uno mismo, debido a la carencia total de intimidad.
Se miden mal las distancias y hay una falta de aseo y autocuidados (véase el contenido
del necesaire básico carente de casi todo).
Son muy frecuentes los agarrotamientos musculares producidos por la tensión diaria, la ansiedad, la sensación continua de peligro y el miedo al futuro en un contexto de escasa
movilidad.
La privación sensorial que se vive especialmente en el aislamiento provoca ansiedad,
tensión incapacidad para concentrarse y/o para organizar los propios pensamientos, desorientación temporal, aumento de la sugestionabilidad, imaginación sensorial vívida
(alucinaciones, pseudoalucinaciones, ilusiones, delirios) quejas somáticas, etc. Bajo
condiciones de privación sensorial, la supresión de los estímulos hace emerger determinados
mecanismos anómalos (regresiones, formación de fantasías, respuestas emocionales
primitivas como la agresividad y el ataque, y reacciones mentales pseudopatológicas)
que puedan suplir de algún modo esa carencia.
El aislamiento social a su vez producido por una disminución de los canales de comunicación
de la persona con el consiguiente deterioro de los lazos afectivos básicos (familia,
pareja, amigos) junto con la imposibilidad de crear vínculos nuevos. Este aislamiento siempre
provoca trastornos, como trastornos irreversibles de la personalidad. Las situaciones
de aislamiento completo sin muy difíciles de tolerar, conllevando una gran presión psicológica,
que genera posteriormente dificultades y problemas muy importantes (mala adaptación al medio, trastornos psicopatológicos, desestructuración de la personalidad, etc.)
Nutrición.
En la cárcel existen medidas de nutrición inadecuadas incompatibles con la condición que presentan muchos de los presos de enfermos. La comida no sólo es escasa sino que
está mal cocinada y no tiene en cuenta las necesidades nutricionales de estas personas.
Para todos nosotros comer no sólo es una necesidad vital sino que además es un placer
y un estimulante. En la cárcel, comer no es ningún placer y como hemos dicho anteriormente
el añadir bromuro a los menús da una falsa sensación de saciedad e inhibe el instinto
sexual.
Esta cuestión ha sido objeto de muchísimas quejas a la autoridad penitenciaria y se deben
a la falta de organización, carencia de infraestructuras, falta de presupuesto y a la falta
del cumplimiento de la normativa de objetivos mínimos de nutrición.
Digamos que cuesta 2,50 € alimentar a un preso al día aprox. La maravillosa alternativa que plantea la administración se basa en crear economatos penitenciarios gestionados muchas veces por las mismas empresas que explotan a los presos o que participan en el negocio de las cárceles
“no solo les damos mierda sino que encima ahora se la vendemos”.
Una buena alimentación es la base de una vida sana, eso lo sabemos todos, cuando se puede elegir y uno elige mal es responsable de sus propias decisiones pero ¿qué ocurre cuando una persona ni siquiera puede elegir lo que comer? Ya no hablamos de tener una variada carta de
menú, hablamos simplemente de poder elegir si comer o no carne o productos de origen animal. Ser vegano o vegetariano en la cárcel es una verdadera utopía. La institución penitenciaria se vanagloria de tener en cuenta las exigencias derivadas de determinadas religiones pero no tiene en cuenta las decisiones relacionadas con la alimentación derivadas de la propia ética personal.
Fuentes:
Consecuencias de la prisionización > José Luis Segovia Bernabé.
Sida y cárcel NUNCA MAIS >de Fran del Buey, CSPP, PreSOS
Muerte en privación de libertad(MPL) J.L. Palomo, V.Ramos Medina e I.M. Santos.