Pobrecillos los seguratas, pobrecillos.
Ell*s tan abnegados vigilantes, custodios de la propiedad privada. Ell*s que se dejan la piel, más bien los pies de pié. Controlando que nadie hurte nada ni un CD, ese joven, ni un trozo de queso o un tubo de pasta de dientes, esa persona que no llega a fin de mes…
Esos seguratas de los grandes almacenes se merecen un premio, tod*s se merecen un premio. Pues surgiendo de las capas más bajas y embrutecidas de la clase obrera, logran ser los más fieles –después de la policía y l*s militares- siervos de sus amos, de la Burguesía claro. Y su labor siempre inestimable en defensa de la propiedad privada, no tiene precio.
Sí comapañer*s, no tiene precio, pues lloran por las esquinas cuando reconocen que en los grandes almacenes que tanto y tan bien custodian, ell*s l*s abnegad*s vigilantes no tienen ninguna rebaja o descuento en sus compras. ¡Pero si trabajamos allí!, exclaman. Sí, pero no sois trabajadores de esa gran multinacional, sois un ente externo, como una barrera, los pitas en la ropa o cualquier objeto para que no hurten.
Sois rechazados en vuestro trabajo y a la vez sois los más fieles defensores de la propiedad que os insulta. Sí, así sois. Y el patrón tan contento, pues ve que sus intereses son protegidos y además por aquellos que le salen más baratos.
Pobres seguratas, tan alienados. Representando su papel cual actor de una comedia muy muy trágica. El Capitalismo actual.
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